Volver al principio (I)

Un relato de ficción con la intriga como principal ingrediente. ¿Qué tiene de especial esa fecha?

El despertador del móvil sonó en el peor momento, justo cuando el sueño estaba en lo más interesante. Aquella música siempre me resultaba antipática y, quizás por eso, cada mañana me repetía, sin mucho afán, que tenía que cambiarla. Eran las 7:00 e hice lo de siempre; dejar que volviese a sonar a los cinco minutos. Lo hice dos, tres veces y al final me rendí: tenía que poner los pies en el suelo y empezar el día. Era invierno y no era nada alentador dar con el frío mármol blanco de mi habitación de hotel. Utilicé las zapatillas de tejido de albornoz que ponen como cortesía en estos hoteles de “alto standing”. Fui estirándome hacia el baño y, sin pensarlo, abrí el grifo del agua caliente de la ducha. Apoyé mis manos sobre el lavabo mientras me quedaba absorto mirando mi cara en el espejo. Me paré a pensar: llevaba meses —ya ni recordaba cuántos— de hotel en hotel. Nadie me esperaba en casa, esta era mi vida; la de un aburrido inspector de servicios en una gran multinacional, algo así como el “asuntos internos” de la policía de las películas. Mi trabajo era controlar a mis propios compañeros, algo nada grato y que hacía imposible que mantuviese una relación de amistad con ninguno de ellos.

Pasaron los minutos y el espejo empezó a empañarse con el vaho que desprendía la ducha. No estaba bien malgastar agua, pero por un día no se iba a acabar el mundo. Conforme el espejo fue perdiendo su reflejo algo empezó a aparecer en él. Parecían letras… ¡sí eran letras! ¡Y también empezaban a aparecer números! Aún no podía ver claramente qué ponía y empezaba a imaginar que, como en la ficción, algo emocionante iba a aparecer. Sólo esperaba que no se tratase de un asesino en serie —reí para mis adentros. Conforme se fueron dibujando mejor los caracteres, empecé a inquietarme… Finalmente, apareció claramente una fecha escrita sobre el espejo junto con unas letras: “19/10/2015 JJJ”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿Podía deberse a una casualidad? No, no era posible, tenía que haber una explicación. “JJJ” eran las iniciales de mi nombre: Juan José Jiménez. Esto era fácilmente explicable por pura casualidad o alguna broma de alguien del hotel. ¿Pero la fecha? El diecinueve de octubre de dos mil quince era una fecha con un significado especial para mí, era el día en que todo había cambiado.

Inquieto, cerré el grifo de la ducha, me senté unos minutos en el taburete de plástico blanco que había bajo la repisa, y me quedé mirando al infinito mientras daba vueltas a mi cabeza. ¡No podía ser, era imposible que fuese coincidencia! Cuando el vaho se deshizo, el espejo volvió a su estado natural devolviendo de nuevo la imagen de mi cara, ahora bien despierta con lo que acababa de suceder.

Las ganas de ducha habían desaparecido y simplemente me lavé la cara, los dientes y me peiné con el típico peine malo de hotel. Da igual la calidad del establecimiento; siempre son los mismos peines con distintas letras. Terminé y volví a la habitación. Desactivé la función de “no molestar de mi móvil” y entró un mensaje de WhatsApp que me heló la sangre. El remitente no estaba en mi agenda y aquel número no me sonaba de nada. Acerté a leer “¿Empezamos a jugar?” justo antes de que el mensaje desapareciese para pasar a aparecer “Este mensaje fue eliminado”. Inmediatamente sonó el teléfono de la habitación: era la recepcionista del hotel que con el característico tono de voz me decía:

—   Don Juan José, como solicitó, le comunicamos que son las 7:30 de la mañana. Así mismo, le indicamos que hay un sobre para usted en la recepción, puede pasar a recogerlo cuando lo desee

— De acuerdo —acerté a decir extrañado antes de que colgase mi interlocutora.

Me vestí, como de costumbre, con traje negro de Hugo Boss, a juego con los zapatos, camisa blanca y una corbata granate de seda. A mi madre le encantaba verme así y de vez en cuando le enviaba fotos “selfie” que me hacía para ella en mis interminables viajes de trabajo.

Recogí mis cosas (era la última noche que pasaría en el hotel) y bajé a desayunar, previa parada en recepción. Me hicieron entrega de un sobre normal, blanco, sin remitente pero cerrado en su parte posterior con lacre, algo que ya no se estila. Me dirigí dándole vueltas en mi mano hacia la cafetería. Tan pronto me senté en la mesa, cogí un cuchillo, corté el lacre y abrí el sobre impaciente. Dentro había un folio perfectamente doblado y una llave. En el papel aparecían dos únicas líneas escritas, a mano, con una caligrafía perfecta y que leían:

“Calle del Ruiseñor, 35. Acuda a las 12:00 y seguiremos jugando.

Invente una excusa para no acudir al trabajo”

¿De qué demonios se trataba? Jamás, desde hacía años, había faltado a mi trabajo. De hecho, justo desde aquella fecha que apareció en el espejo. El deber me decía que no podía faltar al trabajo, pero la intriga que aquellos hechos habían despertado en mí me decían que siguiese el juego. Cogí mi teléfono y busqué en mi agenda “Coordinador Inspección” y, dubitativo, pulsé “llamada”. Lentamente puse el móvil en mi oreja mientras maquinaba una excusa.

— Señor, buenos días, soy Juan José… verá, esto… me ha surgido un problema esta mañana y me temo que no podré ir a las oficinas.

— Buenos días, Juan José, ¿qué sucede?

— Pues verá, mis gafas se han roto y he de ir a hacerme con unas lentillas de mi graduación o no podré ni conducir.

Se hizo el silencio al otro lado del teléfono mientras mordía mi puño, impaciente, a la espera de respuesta.

— Eh… entiendo, no se preocupe, un mal día lo tiene cualquiera pero, en ese caso, tendrá que alargar un día su estancia en la ciudad para poder completar su trabajo.

— Sin problemas, señor. Muchas gracias, que tenga buen día.

Y colgué sin esperar el saludo de vuelta. La emoción se apoderaba de mí. No sólo parecía estar embarcándome en una aventura de intriga, sino que acababa de hacer algo que en mi vida había pensado posible en mí: mentir a mi jefe y faltar al trabajo. No sé qué era lo que me empujaba a actuar así, no era algo propio de mi persona, siempre tan respetuoso con las normas y las formalidades (probablemente en extremo y de ahí que me hubiesen elegido para el puesto de la inspección).

Terminé de desayunar, dejando mi tostada de jamón con tomate a medias y el café a medio terminar. No podía esperar. Sólo eran las 8:00 y, aunque faltaban cuatro horas para el encuentro, no podía estar quieto: la intriga se había apoderado de mí.

Continuará…

Mi playa

Todos tenemos ese lugar especial de nuestra juventud, ese que visitamos de vez en cuando y que forma parte de nosotros.

Cada vez que aparcaba junto a la playa era como inyectarme un ansiolítico en vena. Poco importaban los treinta y tantos grados que marcaba, a esas horas de la tarde, el termómetro del coche. Tampoco era una cifra fiable, pues el pobre llevaba ya unos cuántos años de castigo por las calles de mi pueblo y, últimamente, amenazaba demasiado con querer visitar el taller. En algún momento tendría que plantearme cambiarlo, pero había vivido demasiado con él y la economía no estaba para muchas alegrías.

Como de costumbre, me había embadurnado de crema solar antes de salir de casa. A lo largo de todo el verano apenas cambiaba de ropa cuando bajaba a la playa. Así era fácilmente reconocible por mi familia y amigos cuando alcanzaba la arena. Como en una liturgia, posaba mis chanclas en el borde de la carretera, ponía mi mano en la frente a modo de visera y oteaba la orilla en busca de los míos. Una vez localizados, abría el maletero, cargaba los bártulos y me dirigía hacia ellos. Paso a paso la arena se hundía bajo mis pies y a ratos caminaba como si estuviese aprendiendo a hacerlo. Nunca me había fijado, pero hoy me había dado cuenta del sonido de la arena al caminar, tan característico, como un seseo; ssssst, ssssst, ssssst.

Una vez en la orilla y tras los saludos y bromas de rigor, clavé la sombrilla y coloqué estratégicamente mi silla para protegerme de los rayos del sol. No menos importante fue colocar la merienda a buen recaudo detrás de la silla. Dejé mi ropa en la bolsa y me coloqué cómodamente en la pequeña hamaca. Me gustaba hacer un hoyo con los pies para no posarlos sobre la arena caliente. La apartaba y aparecía la arena fresca y húmeda. Era perfecto, mmmmmm, cerré los ojos y me dejé llevar. El olor a crema solar…, el sonido de las olas al romper en la orilla…, los gritos de los niños que jugaban felices entre la arena y el agua… eso era vida, era la playa de mi vida.

Mi playa era eso, mi playa. No era la más bonita del mundo; nada que ver con las playas de los catálogos de las agencias de viajes. La arena no era fina ni blanca, sino más bien todo lo contrario. Los primeros días del verano los pies se resentían al caminar por ella, pero aquello era un mal menor, porque era la playa de mi vida. Había unos cuántos espigones artificiales de roca negra que niños y mayores usaban para saltar a modo de trampolín, a pesar de estar prohibido, o tratar de pescar algún pez despistado con sus cañas. Mar adentro, las motos de agua rompían la calma de vez en cuando y molestaban a los veleros que navegaban plácidamente dejándose llevar por la brisa marina. En ocasiones, la patrullera de la Guardia Civil navegaba en busca de quién sabe qué. No menos curioso era el paramotor que algunos días volaba sobre nuestras cabezas mientras los niños saludaban con entusiasmo al piloto al mando.

Notaba como, poco a poco, el sudor formaba minúsculas gotas sobre mi piel. No era desagradable, todo lo contrario, era una sensación de calma y placer absoluta. De pronto, el ruido cesó. No escuchaba ninguna voz, algo que no era, para nada, normal. Me quedé muy extrañado y abrí los ojos para comprobar como todo a mi alrededor había cambiado. No quedaba nadie en la playa salvo un grupo de jóvenes a lo lejos. Los espigones no estaban y el paseo marítimo había desaparecido. A pesar de lo inquietante de la situación, no estaba nervioso y todo me resultaba extrañamente familiar. Me levanté de mi silla, me pellizqué por si estaba soñando y comencé a caminar hacia el grupo de jóvenes, tratando de entender qué estaba pasando.

Cuando los alcancé, una lágrima de emoción brotó de mis ojos: ¡Éramos mis amigos y yo, pero años atrás, en nuestra adolescencia! Les saludé y miraron extrañados hacia mí, pero no respondieron. No podían verme, era como un fantasma. Me quedé observando con ternura y nostalgia aquella escena. Llevábamos unos bañadores que hoy en día estaban totalmente fuera de moda, pero recuerdo perfectamente cómo los elegíamos con ilusión en la tienda cuando empezaba el verano. Bueno, todos menos Tino, que siempre heredaba la ropa, incluidos bañadores, de su hermano, cinco años mayor que él. ¡Quién le ha visto y quién le ve, el patito feo que hoy en día estaba hecho todo un Don Juan!. En el grupo estaba también Rocío, la típica que nunca se quitaba la camiseta ni se metía en el agua. Hacía muchos años que no había vuelto a saber de ella, desde que se marchó a estudiar a Barcelona para no volver. ¡No podía creerlo, había viajado veinte años en el tiempo para vernos en un día de verano cualquiera!. Era ese primer año en que nos habíamos hecho “mayores”. El año en el que algunos empezaban a fumar (entre ellos, yo) y surgían los primeros “rollos de verano”.

Allí sentada, al fondo, escuchando su “compact disc”, estaba María, la chica de la que estuve enamorado aquel verano y nunca me correspondió. Entre otras cosas porque no me atreví a declarar mi amor platónico por ella. Estaba preciosa y me hubiese encantado decirle que los años iban a tratarla bien y que no se preocupase, que iba a encontrar al amor de su vida y tendría unos hijos preciosos.

Damián y Onofre estaban jugando a las palas. Los guaperas del grupo, pero buenos tíos, se ponían en la orilla tratando de llamar la atención de las chicas que pasaban por allí. A ellos el tiempo no les trataría tan bien como a María. Sus lustrosas cabelleras dejarían de serlo y sus abdominales se iban a ocultar bajo una generosa capa de grasa. Damián trabajaría en la empresa de mármoles de sus padres y Onofre, que por aquel entonces se dedicaba a trapichear con su moto por los pueblos de la zona, se había reconvertido a albañil.

En el círculo de toallas casi siempre había una partida de cartas en marcha. Yo era uno de los que no solían jugar, sobre todo si el juego en cuestión era el de “beso, atrevimiento o verdad”. Aunque he de reconocer que me hubiese encantado vencer mi timidez y participar, lo cierto es que la idea de tener que besarme con alguna chica me daba pánico y, a la vez, era mi mayor deseo. Recuerdo como siempre estábamos alerta por si aparecía alguna de nuestras madres para dejar aquellos juegos indecorosos, enterrar los cigarros o cambiar de tema de conversación. Por lo general, que la madre de alguno de nosotros se acercase al grupo era algo que al “afortunado” no le hacía ninguna gracia. Era la típica época de “¡qué pesada! ¿qué querrá ahora?, ¡los padres son lo peor, no nos dejan en paz!”. Menos mal que el tiempo y la bajada de las hormonas nos hacen ver las cosas de otra manera. ¡Ay! (suspiro), ahora que somos adultos, daríamos todo lo que tenemos por volver a aquellos momentos con los nuestros.

Las conversaciones que teníamos eran de lo más variopinto, aunque casi siempre centradas en dos o tres temas que tenían que ver con chicos, chicas y lo que íbamos a hacer ese día. Las chicas estaban discutiendo sobre qué se iban a poner aquella noche para bajar a la calle y los chicos estábamos hablando de la moto que Onofre se acababa de comprar y con la que llevaba orgulloso a las chicas que se dejaban por el pueblo. ¡Era un tío con suerte, 14 años y ya tenía medio de transporte propio! El paso del tiempo nos juega, a veces, malas y pasadas y hoy se conformaba con conducir un SEAT León de tercera mano y ninguna chica inmadura le acompañaba al lado.

Estuve allí escuchando y mirando, con los ojos vidriosos, durante un buen rato. Daba vueltas alrededor, me sentaba junto a ellos, me miraba con ganas de darme una buena serie de consejos y me reía recordando aquellos tiempos maravillosos. A las ocho de la tarde empezaron a recoger. Ya tenían trazado su plan para la noche y había que irse a cenar para arreglarse. Estábamos negros como el tizón; normal, teniendo en cuenta que nos pasábamos el verano entre la piscina y la playa.

Poco a poco se fueron marchando, dejando atrás algunas colillas y algún envoltorio de «Drácula», un helado que me parece que hoy ya no se vende. Me quedé solo, de pie, viendo cómo nos alejábamos y cómo aparecía mi madre que venía a buscarme. ¡Que ya voy, mamá, pesada! Fue lo último que me escuché decir mientras vi como miraba de reojo a María. Mi otro yo dobló la esquina y, al dejar de verlo, empecé a tirar de recuerdos tratando de seguir aquel día hasta el final en mi memoria.

De pronto noté un frío intenso en las piernas que me devolvió a la realidad. Mi hijo me había disparado con una pistola de agua y se reía de su hazaña junto a sus amigos. De un salto me incorporé y salí corriendo tras de él, para pillarlo unos metros más lejos, abrazarme a él y tirarnos juntos al agua. Su risa era lo mejor del mundo y verlo disfrutar en la playa, la que era la playa de mi vida, era mi mayor regalo. Algún día él podrá vivir todas aquellas cosas y dirá que soy un pesado a sus amigos. Yo lo sé y disfrutaré cada segundo de su juventud en la que algún día será, también, la playa de su vida.

El mar de la vida

Las cosas importantes de la vida siempre van con nosotros.

Aquella última ola había sido difícil de negociar. Desde que se embarcó por primera vez a los dieciséis años, nunca había tenido miedo como ahora. Sus treinta y siete años y la sal del mar habían curtido su piel. Las arrugas surcaban su frente y su piel era dura como el cuero. Siempre se ponía un gorro marinero con tantos agujeros que no se podían contar con los dedos de unas manos poderosas. José era un marino de los de antes, gente callada y dura que parecían no tener corazón, aunque resultaba ser todo fachada. «La sal curte la piel, pero no llega al corazón, que está muy adentro en el pecho», le decía su padre, también pescador y de quien había heredado el barco, llamado cariñosamente “Faltan Palos”. En la pequeña cabina del barco —blanco y con una línea azul de proa a popa— sólo había sitio para el timón, la radio y dos fotos: la de su mujer, Begoña y su pequeña de apenas un año, Noelia. Eran su razón para vivir y la razón por la que pasaba las noches solo en la mar.

En momentos de dificultad, que siempre los hay en una mar que es, por naturaleza, traicionera, aquellas fotos le recordaban que tenía que luchar y volver a puerto, costase lo que costase. Pero esta vez algo le decía que sería diferente. La emisora marítima había avisado de que no era una jornada favorable para faenar, pero es poderoso caballero Don Dinero, sobre todo cuando la necesidad aprieta.

Hacía ya un tiempo, desde que nació su hija, que José intentaba cambiar de vida. Hoy, como todos los días mientras faenaba, soñaba que estaba junto a su mujer y su hija. Había hecho planes, lo tenía todo pensado para empezar su propio negocio de reparación de barcos, pero la economía no les permitía dar el paso. La economía y el miedo a lo desconocido.

Otra ola complicada le devolvió a la realidad y sacó de su cabeza —más no de su corazón— las imágenes de Begoña y Noelia y la vida que deseaba llevar junto a ellas. La emisora no cesaba de emitir alertas en un tono monótono y entrecortado. De toda la flota de levante, sólo José y un barco de más calado, el “Sabandeño” estaban aún en el mar. Estaba preocupado, luchando con cada ola. Venían sin avisar, desde cualquier dirección y manejaban el viejo barco a su antojo. La espuma y la sal empañaban los cristales de la cabina y no era capaz de divisar rastro alguno de la costa. El pequeño barco le recordaba a un ovillo de lana entre las zarpas de sus gatos. Todo lo que José podía hacer eran más acciones de fe que dirigidas a controlar la nave.

De manera súbita, una ola de unos cuatro metros se abalanzó sobre el barco por babor. El agua lo cubrió todo y alcanzó la escueta sala de máquinas. El motor dijo basta y con él las posibilidades de José de seguir tratando de controlar el bote. Lo único que seguía funcionando era la radio, alimentada por una batería externa que, afortunadamente, no se había mojado. En ese momento emitió su primer mensaje de socorro: “¡Mayday, Mayday…! (embarcación en peligro inminente)”. Fue todo lo que acertó a decir cuando la siguiente ola le alcanzó por estribor y destrozó la antena de la radio, que pasó al más absoluto de los silencios. Las luces del barco se apagaron y José quedó, en medio del negro mar, a merced de la más infame de las suertes. Tuvo el tiempo justo para preparar el traje de supervivencia cuando una tercera y demoledora ola terminó por mandar el “Más Palos” al fondo del mar. «Es el fin» —pensó—, mientras flotaba sin saber bien dónde. En su corazón se dibujaban las caras de su mujer y su hija y escuchaba, con sus propias voces, “cariño” y “¡papá!”. La desesperación se apoderaba de su alma, el desasosiego podía con sus esperanzas de volver a verlas. Parecería que todo iba a terminar ahí y no sentía paz. Sentía el más punzante de los dolores que atravesaba su pecho y recorría cada milímetro de su piel. En medio del mar, que lo agitaba como un huracán de agua, su único consuelo era recordarlas y rezar esperando.

Las horas pasaron, el frío calaba sus huesos. Era primavera, pero el agua aún estaba a unos fríos dieciocho grados, demasiado poco para un cuerpo que lucha por sobrevivir, incluso con el traje de emergencia. Con parsimoniosa lentitud, el viento aflojó su intensidad y las nubes empezaron a abrirse. José, ya sin fuerzas, se dejaba llevar por el frío y empezaba a caer en un sueño del que era difícil escapar. Ese sueño, el de la hipotermia, sólo tiene un final posible y José lo sabía, por lo que luchaba con denuedo por mantener al menos un ojo abierto. Su mujer y su hija, allí donde estuviesen, le acompañaban, estaba seguro de ello porque notaba que el sólo no hubiese aguantado un segundo más. Un par de horas más tarde, el mar parecía otro. Es como si ya se diese por satisfecho habiendo descabalgado a José y se había convertido en un espejo. Pero al igual que éste se declaraba victorioso, José se dio por vencido. Dentro de sí se despidió de sus mujeres y se entregó a los brazos de ese frío Morfeo.

Mientras aún era consciente, notó algo, le pareció oír voces. Sin duda, estaba delirando. Sentía como una fuerza lo arrastraba hacia el cielo y lo alejaba del agua cuando, finalmente, dejó de sentir y se desvaneció. Todo había acabado.

Una luz cegadora apareció ante él, ¿serían acaso las puertas del cielo? No, no podía ser, oía voces que decían su nombre y esas voces le eran familiares. Poco a poco retornó a la vida. Ahí estaban ellos, eran caras conocidas. ¡Sí, eran Alberto, Eulogio y Martín, sus amigos tripulantes del “Sabandeño”! ¿Acaso era posible? ¿De verdad lo había conseguido? ¿Volvería a ver a sus mujeres? Una ola de felicidad, tan grande que hubiese enterrado todas las que esa noche le habían llevado a una más que segura muerte, le arrasó por completo el corazón. Pudo escuchar como Martín decía a través de la emisora, con una radiante voz de felicidad: “¡Lo tenemos, chicos, lo tenemos! ¡Volvemos a casa!”. Gritos de júbilo se escuchaban al otro lado de la radio y, entre ellos, un llanto de alegría que José reconocía y un “¡papá!” que le devolvieron finalmente a la vida.

Vivir sin miedo

¿Qué hay al final? Probablemente, nada. Por eso, vivir sin miedo es, seguramente, la opción más recomendable.

No sabía cómo ni en qué momento había llegado allí. Estaba descalzo y, a mis pies, el vértigo de un acantilado desplegaba ante mí un mar azul intenso, extrañamente intenso, y encrespado por el viento. Junto a mí había unas sandalias desbaratadas con las que sería imposible caminar. Giré la vista; todo era una alfombra verde de hierba agitada por el viento. Estaba mojada pues podía sentirlo bajo mis pies, tan fríos que apenas podía moverlos. Estaba a un paso, literal, de la muerte. Pero, aunque curiosamente no tenía miedo, mi pánico a las alturas evitaba que me asomase al precipicio.  

¡¿Dónde estaba?!¡¿Cómo había llegado allí?! Sin darme cuenta esas preguntas ocupaban toda mi mente de forma insistente, obsesiva. No había rastro de vida humana, ni en el mar, ni en tierra. No al menos hasta donde alcanzaba mi vista, que se alzaba cerca de mis 1,94 metros. Me fijé y tampoco existían mis propias huellas en la hierba a mi alrededor. Era imposible que hubiese caminado hasta allí. No había, o no acertaba a ver, caminos cercanos. Parecía una broma de mal gusto. Seguía sin sentir miedo, pero la duda me atenazaba y no me dejaba pensar de forma clara.

Enseguida lo comprendí; seguir haciéndome preguntas no me iba a llevar a ninguna parte. Por mucho que no pudiese evitar hacérmelas, debía ignorarlas y empezar a moverme en busca de respuestas pero… ¿hacia dónde? ¿Por dónde empezar? Estaba claro que no podía dar un paso al frente y las respuestas, si las había, debían de encontrarse tierra adentro. Debía decidir: caminar perfilando el acantilado o huir del mismo y adentrarme en el otro mar, el del verde de la hierba.

Durante un buen rato permanecí inmóvil, tratando de decidir. No sé cuánto tiempo pasé en este estado, pues tampoco llevaba reloj. Pronto me percaté de que tampoco había rastro de vida animal, ni siquiera las gaviotas que siempre definen, con su presencia, un acantilado marino. Cuando salí de mi estado cuasi catatónico, recogí las sandalias instintivamente, di mi primer paso a la izquierda y empecé a caminar bordeando el precipicio.

Tras lo que debieron ser un buen puñado de horas caminando, había cosas que me descolocaban aún más. El sol no parecía haberse movido en el cielo. ¿Cómo era posible si me parecía llevar media vida avanzando paso a paso? Por otro lado, los pies no me dolían, como si hubiese ido pertrechado con el mejor calzado de senderismo disponible. Sí, cierto que el césped era blando, pero después de miles de pasos eso debería hacer mella. Lo sé bien porque en mi infancia solíamos jugar descalzos con los amigos en los verdes prados de la montaña y siempre terminábamos con ampollas en los pies.

Los recuerdos de la infancia me hicieron detenerme a recordar aquellos tiempos tan felices, tan sencillos, sin preocupaciones. Saqué los pensamientos de mi cabeza y seguí caminando, sin hacer caso a mis pies y a ese sol que no parecía avanzar en su camino diario por el cielo. Conforme avanzaba el tiempo, empezaba a inquietarme, todo parecía demasiado monótono. De hecho, diría que cada cala, cada playa que aparecía a lo lejos y a los pies del acantilado, se repetían sin cesar. Eran extrañamente parecidas, pero no me había dado cuenta hasta este momento.

Pasado un tiempo vi, a lo lejos, un objeto en el suelo. Aceleré el paso, la ansiedad se apoderaba de mí, ¡por fin había encontrado algo! Conforme me acercaba, aquella ubicación me era extrañamente familiar. A los pocos metros de llegar me detuve. No era posible; un par de viejas sandalias totalmente inservibles estaban ahí, abandonadas, como en mi punto de partida. Juraría que se trataba del mismo lugar, pero no podía ser, puesto que en mi mano izquierda llevaba aquellas sandalias que había encontrado y el acantilado no había dibujado un círculo y no podía estar en una isla, única explicación lógica para semejante hallazgo. Saber que no estaba en una isla me tranquilizó, pero sólo temporalmente. Un cierto desasosiego, un leve agobio, empezaba a invadir mi cuerpo. Primero en forma de pensamientos que luego se convertían en sensaciones incómodas como falta de aire y pulso acelerado. Durante un tiempo permanecí allí, mirando aquellas sandalias y sintiendo cómo mi corazón me decía que, definitivamente, algo no estaba bien.

Decidí seguir caminando, ahora con paso más firme y visiblemente afectado por mi incipiente ansiedad. De nuevo, a lo lejos, otro paisaje “repetido” y otras sandalias. Pero esta vez estaba seguro de que las sandalias no eran iguales que las que había visto antes. Estas eran más pequeñas, posiblemente de mujer y no estaban en tan mal estado. Ahora sí volví a mirar y no encontré huellas sobre la hierba. ¿Qué era esto? Y eché a correr, ya no podía seguir caminando tratando de conservar mis fuerzas. Necesitaba respuestas y la desesperanza empezaba a brotar en mí. La ansiedad era ya bastante evidente y un fuerte nudo en la boca del estómago se añadía a los incómodos síntomas que ya venía arrastrando desde dos sandalias atrás.

La historia se repitió, dos, tres, cuatro veces. Cada par de sandalias, sin pasos sobre la hierba, diferentes entre sí… tenía que significar algo. Las fuerzas empezaban a flaquear y la desesperanza me arrastraba más y más. El sol seguía sin moverse de su cómoda posición en el cielo. Parecía que se burlase de mí desde allí arriba. Por un momento me sorprendí hablando con él. ¿Estaba perdiendo el juicio? Ya no podía más, mi mente quería avanzar pero mi cuerpo no podía. Tenía que hacerlo, ¡tenía que haber respuestas! Y seguí arrastrándome por la hierba, junto al acantilado.

Finalmente, cuando alcancé el quinto par de sandalias, ya no pude más. Ya no quería respuestas, sólo quería terminar aquel mal sueño. Vencí mi miedo y me asomé al precipicio. La respuesta estaba allí abajo, siempre lo había estado, pero no quería o no pude verlo. Mi miedo a las alturas me había impedido encontrar antes la respuesta.

Me alejé de aquel punto, siguiendo el acantilado y encontré un sitio como otro cualquiera. Dejé mis sandalias lentamente en el suelo, me acerqué al borde del precipicio y, mirando al sol, di un paso al frente. Todo terminaría rápido y ya no habría miedo.