Volver al principio (I)

Un relato de ficción con la intriga como principal ingrediente. ¿Qué tiene de especial esa fecha?

El despertador del móvil sonó en el peor momento, justo cuando el sueño estaba en lo más interesante. Aquella música siempre me resultaba antipática y, quizás por eso, cada mañana me repetía, sin mucho afán, que tenía que cambiarla. Eran las 7:00 e hice lo de siempre; dejar que volviese a sonar a los cinco minutos. Lo hice dos, tres veces y al final me rendí: tenía que poner los pies en el suelo y empezar el día. Era invierno y no era nada alentador dar con el frío mármol blanco de mi habitación de hotel. Utilicé las zapatillas de tejido de albornoz que ponen como cortesía en estos hoteles de “alto standing”. Fui estirándome hacia el baño y, sin pensarlo, abrí el grifo del agua caliente de la ducha. Apoyé mis manos sobre el lavabo mientras me quedaba absorto mirando mi cara en el espejo. Me paré a pensar: llevaba meses —ya ni recordaba cuántos— de hotel en hotel. Nadie me esperaba en casa, esta era mi vida; la de un aburrido inspector de servicios en una gran multinacional, algo así como el “asuntos internos” de la policía de las películas. Mi trabajo era controlar a mis propios compañeros, algo nada grato y que hacía imposible que mantuviese una relación de amistad con ninguno de ellos.

Pasaron los minutos y el espejo empezó a empañarse con el vaho que desprendía la ducha. No estaba bien malgastar agua, pero por un día no se iba a acabar el mundo. Conforme el espejo fue perdiendo su reflejo algo empezó a aparecer en él. Parecían letras… ¡sí eran letras! ¡Y también empezaban a aparecer números! Aún no podía ver claramente qué ponía y empezaba a imaginar que, como en la ficción, algo emocionante iba a aparecer. Sólo esperaba que no se tratase de un asesino en serie —reí para mis adentros. Conforme se fueron dibujando mejor los caracteres, empecé a inquietarme… Finalmente, apareció claramente una fecha escrita sobre el espejo junto con unas letras: “19/10/2015 JJJ”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿Podía deberse a una casualidad? No, no era posible, tenía que haber una explicación. “JJJ” eran las iniciales de mi nombre: Juan José Jiménez. Esto era fácilmente explicable por pura casualidad o alguna broma de alguien del hotel. ¿Pero la fecha? El diecinueve de octubre de dos mil quince era una fecha con un significado especial para mí, era el día en que todo había cambiado.

Inquieto, cerré el grifo de la ducha, me senté unos minutos en el taburete de plástico blanco que había bajo la repisa, y me quedé mirando al infinito mientras daba vueltas a mi cabeza. ¡No podía ser, era imposible que fuese coincidencia! Cuando el vaho se deshizo, el espejo volvió a su estado natural devolviendo de nuevo la imagen de mi cara, ahora bien despierta con lo que acababa de suceder.

Las ganas de ducha habían desaparecido y simplemente me lavé la cara, los dientes y me peiné con el típico peine malo de hotel. Da igual la calidad del establecimiento; siempre son los mismos peines con distintas letras. Terminé y volví a la habitación. Desactivé la función de “no molestar de mi móvil” y entró un mensaje de WhatsApp que me heló la sangre. El remitente no estaba en mi agenda y aquel número no me sonaba de nada. Acerté a leer “¿Empezamos a jugar?” justo antes de que el mensaje desapareciese para pasar a aparecer “Este mensaje fue eliminado”. Inmediatamente sonó el teléfono de la habitación: era la recepcionista del hotel que con el característico tono de voz me decía:

—   Don Juan José, como solicitó, le comunicamos que son las 7:30 de la mañana. Así mismo, le indicamos que hay un sobre para usted en la recepción, puede pasar a recogerlo cuando lo desee

— De acuerdo —acerté a decir extrañado antes de que colgase mi interlocutora.

Me vestí, como de costumbre, con traje negro de Hugo Boss, a juego con los zapatos, camisa blanca y una corbata granate de seda. A mi madre le encantaba verme así y de vez en cuando le enviaba fotos “selfie” que me hacía para ella en mis interminables viajes de trabajo.

Recogí mis cosas (era la última noche que pasaría en el hotel) y bajé a desayunar, previa parada en recepción. Me hicieron entrega de un sobre normal, blanco, sin remitente pero cerrado en su parte posterior con lacre, algo que ya no se estila. Me dirigí dándole vueltas en mi mano hacia la cafetería. Tan pronto me senté en la mesa, cogí un cuchillo, corté el lacre y abrí el sobre impaciente. Dentro había un folio perfectamente doblado y una llave. En el papel aparecían dos únicas líneas escritas, a mano, con una caligrafía perfecta y que leían:

“Calle del Ruiseñor, 35. Acuda a las 12:00 y seguiremos jugando.

Invente una excusa para no acudir al trabajo”

¿De qué demonios se trataba? Jamás, desde hacía años, había faltado a mi trabajo. De hecho, justo desde aquella fecha que apareció en el espejo. El deber me decía que no podía faltar al trabajo, pero la intriga que aquellos hechos habían despertado en mí me decían que siguiese el juego. Cogí mi teléfono y busqué en mi agenda “Coordinador Inspección” y, dubitativo, pulsé “llamada”. Lentamente puse el móvil en mi oreja mientras maquinaba una excusa.

— Señor, buenos días, soy Juan José… verá, esto… me ha surgido un problema esta mañana y me temo que no podré ir a las oficinas.

— Buenos días, Juan José, ¿qué sucede?

— Pues verá, mis gafas se han roto y he de ir a hacerme con unas lentillas de mi graduación o no podré ni conducir.

Se hizo el silencio al otro lado del teléfono mientras mordía mi puño, impaciente, a la espera de respuesta.

— Eh… entiendo, no se preocupe, un mal día lo tiene cualquiera pero, en ese caso, tendrá que alargar un día su estancia en la ciudad para poder completar su trabajo.

— Sin problemas, señor. Muchas gracias, que tenga buen día.

Y colgué sin esperar el saludo de vuelta. La emoción se apoderaba de mí. No sólo parecía estar embarcándome en una aventura de intriga, sino que acababa de hacer algo que en mi vida había pensado posible en mí: mentir a mi jefe y faltar al trabajo. No sé qué era lo que me empujaba a actuar así, no era algo propio de mi persona, siempre tan respetuoso con las normas y las formalidades (probablemente en extremo y de ahí que me hubiesen elegido para el puesto de la inspección).

Terminé de desayunar, dejando mi tostada de jamón con tomate a medias y el café a medio terminar. No podía esperar. Sólo eran las 8:00 y, aunque faltaban cuatro horas para el encuentro, no podía estar quieto: la intriga se había apoderado de mí.

Continuará…

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