El mar de la vida

Las cosas importantes de la vida siempre van con nosotros.

Aquella última ola había sido difícil de negociar. Desde que se embarcó por primera vez a los dieciséis años, nunca había tenido miedo como ahora. Sus treinta y siete años y la sal del mar habían curtido su piel. Las arrugas surcaban su frente y su piel era dura como el cuero. Siempre se ponía un gorro marinero con tantos agujeros que no se podían contar con los dedos de unas manos poderosas. José era un marino de los de antes, gente callada y dura que parecían no tener corazón, aunque resultaba ser todo fachada. «La sal curte la piel, pero no llega al corazón, que está muy adentro en el pecho», le decía su padre, también pescador y de quien había heredado el barco, llamado cariñosamente “Faltan Palos”. En la pequeña cabina del barco —blanco y con una línea azul de proa a popa— sólo había sitio para el timón, la radio y dos fotos: la de su mujer, Begoña y su pequeña de apenas un año, Noelia. Eran su razón para vivir y la razón por la que pasaba las noches solo en la mar.

En momentos de dificultad, que siempre los hay en una mar que es, por naturaleza, traicionera, aquellas fotos le recordaban que tenía que luchar y volver a puerto, costase lo que costase. Pero esta vez algo le decía que sería diferente. La emisora marítima había avisado de que no era una jornada favorable para faenar, pero es poderoso caballero Don Dinero, sobre todo cuando la necesidad aprieta.

Hacía ya un tiempo, desde que nació su hija, que José intentaba cambiar de vida. Hoy, como todos los días mientras faenaba, soñaba que estaba junto a su mujer y su hija. Había hecho planes, lo tenía todo pensado para empezar su propio negocio de reparación de barcos, pero la economía no les permitía dar el paso. La economía y el miedo a lo desconocido.

Otra ola complicada le devolvió a la realidad y sacó de su cabeza —más no de su corazón— las imágenes de Begoña y Noelia y la vida que deseaba llevar junto a ellas. La emisora no cesaba de emitir alertas en un tono monótono y entrecortado. De toda la flota de levante, sólo José y un barco de más calado, el “Sabandeño” estaban aún en el mar. Estaba preocupado, luchando con cada ola. Venían sin avisar, desde cualquier dirección y manejaban el viejo barco a su antojo. La espuma y la sal empañaban los cristales de la cabina y no era capaz de divisar rastro alguno de la costa. El pequeño barco le recordaba a un ovillo de lana entre las zarpas de sus gatos. Todo lo que José podía hacer eran más acciones de fe que dirigidas a controlar la nave.

De manera súbita, una ola de unos cuatro metros se abalanzó sobre el barco por babor. El agua lo cubrió todo y alcanzó la escueta sala de máquinas. El motor dijo basta y con él las posibilidades de José de seguir tratando de controlar el bote. Lo único que seguía funcionando era la radio, alimentada por una batería externa que, afortunadamente, no se había mojado. En ese momento emitió su primer mensaje de socorro: “¡Mayday, Mayday…! (embarcación en peligro inminente)”. Fue todo lo que acertó a decir cuando la siguiente ola le alcanzó por estribor y destrozó la antena de la radio, que pasó al más absoluto de los silencios. Las luces del barco se apagaron y José quedó, en medio del negro mar, a merced de la más infame de las suertes. Tuvo el tiempo justo para preparar el traje de supervivencia cuando una tercera y demoledora ola terminó por mandar el “Más Palos” al fondo del mar. «Es el fin» —pensó—, mientras flotaba sin saber bien dónde. En su corazón se dibujaban las caras de su mujer y su hija y escuchaba, con sus propias voces, “cariño” y “¡papá!”. La desesperación se apoderaba de su alma, el desasosiego podía con sus esperanzas de volver a verlas. Parecería que todo iba a terminar ahí y no sentía paz. Sentía el más punzante de los dolores que atravesaba su pecho y recorría cada milímetro de su piel. En medio del mar, que lo agitaba como un huracán de agua, su único consuelo era recordarlas y rezar esperando.

Las horas pasaron, el frío calaba sus huesos. Era primavera, pero el agua aún estaba a unos fríos dieciocho grados, demasiado poco para un cuerpo que lucha por sobrevivir, incluso con el traje de emergencia. Con parsimoniosa lentitud, el viento aflojó su intensidad y las nubes empezaron a abrirse. José, ya sin fuerzas, se dejaba llevar por el frío y empezaba a caer en un sueño del que era difícil escapar. Ese sueño, el de la hipotermia, sólo tiene un final posible y José lo sabía, por lo que luchaba con denuedo por mantener al menos un ojo abierto. Su mujer y su hija, allí donde estuviesen, le acompañaban, estaba seguro de ello porque notaba que el sólo no hubiese aguantado un segundo más. Un par de horas más tarde, el mar parecía otro. Es como si ya se diese por satisfecho habiendo descabalgado a José y se había convertido en un espejo. Pero al igual que éste se declaraba victorioso, José se dio por vencido. Dentro de sí se despidió de sus mujeres y se entregó a los brazos de ese frío Morfeo.

Mientras aún era consciente, notó algo, le pareció oír voces. Sin duda, estaba delirando. Sentía como una fuerza lo arrastraba hacia el cielo y lo alejaba del agua cuando, finalmente, dejó de sentir y se desvaneció. Todo había acabado.

Una luz cegadora apareció ante él, ¿serían acaso las puertas del cielo? No, no podía ser, oía voces que decían su nombre y esas voces le eran familiares. Poco a poco retornó a la vida. Ahí estaban ellos, eran caras conocidas. ¡Sí, eran Alberto, Eulogio y Martín, sus amigos tripulantes del “Sabandeño”! ¿Acaso era posible? ¿De verdad lo había conseguido? ¿Volvería a ver a sus mujeres? Una ola de felicidad, tan grande que hubiese enterrado todas las que esa noche le habían llevado a una más que segura muerte, le arrasó por completo el corazón. Pudo escuchar como Martín decía a través de la emisora, con una radiante voz de felicidad: “¡Lo tenemos, chicos, lo tenemos! ¡Volvemos a casa!”. Gritos de júbilo se escuchaban al otro lado de la radio y, entre ellos, un llanto de alegría que José reconocía y un “¡papá!” que le devolvieron finalmente a la vida.

El columpio

El amor no siempre sigue una línea recta. Nuestra protagonista bien lo sabe.

Alicia llevaba un buen rato mirando al infinito. Sentada en el columpio, en el jardín trasero de su casa, al borde del acantilado, se dejaba llevar al pasado por la brisa del mar que rozaba su piel. Era un día especialmente soleado de final de la primavera pero el calor aún no había hecho acto de presencia en su pueblo. Aquel día olía intensamente a mar, más que de costumbre. Llevaba su vestido favorito; aquel de lino blanco que quedaba justo por encima de las rodillas y sin mangas. Había dejado sus sandalias de esparto a su derecha, junto al columpio, y se mecía suavemente con sus pies desnudos sobre la hierba. Ésta estaba recién cortada y le regalaba unas agradables cosquillas en cada movimiento. Sus manos agarraban tímidamente las cuerdas del columpio a la altura de los hombros. A sus 36 años la naturaleza le había regalado una piel suave y clara que en verano tornaba color caramelo haciendo un juego perfecto con unos bonitos y rasgados ojos negros que siempre habían sido la envidia de todas las chicas del pueblo. Él posiblemente recordase como aquella mirada había atravesado su corazón la primera vez que se cruzó con ella en la escuela en la que ambos trabajaban. El pelo de Alicia, que siempre se recogía cuando salía al columpio, formaba una hermosa melena negra con toques castaños en forma de mechas. Cualquier persona con un sentido normal de la estética habría calificado a Alicia de belleza del sur, una morenaza de 1,75 que guardaba lo mejor (y lo peor, como todos) en su interior.

Mientras se mecía en su columpio, su mente se llenaba de recuerdos que ella dejaba pasar como las pequeñas y algodonosas nubes que viajaban sobre su cabeza. Prefería no pensar y quedarse absorta viendo a las gaviotas volar. Siempre le había fascinado cómo aquellas aves podían pasar tanto tiempo flotando en el aire sin batir sus alas. Entretenerse en ese pensamiento alejaba sus demonios a lo más profundo de su corazón. Era su forma de ser feliz, o al menos eso se decía a sí misma, nadie podía saberlo. Su columpio junto al acantilado era su refugio y también el de su corazón. Ya casi había pasado un año desde que él no la acompañaba en el columpio contiguo pero ella parecía ignorar aquel asiento vacío clavando su mirada en el horizonte del mar. El dolor era demasiado evidente para ella misma, pero ignorándolo sin enfrentarlo había conseguido su paz interior. Nunca hablaba del tema con nadie. Bueno, en realidad nunca hablaba de sus sentimientos, de esos más profundos que todos tenemos y muchas veces no sabemos compartir porque ni siquiera nosotros mismos los comprendemos. Los humanos somos seres muy complejos, solía decirle Remedios, su madre, tratando de comprender qué pasaba por aquella cabeza que ella sola había traído a este mundo. Era su única hija y su motivo para vivir desde el día en que su marido, Abel, había muerto repentinamente cuando Alicia estaba a punto de nacer. En esas 36 primaveras, no había vuelto a conocer el amor, no porque no quisiera, sino porque se había cerrado a él. No quería volver a sufrir, no quería volver a perder. El miedo es poderoso, como ella misma solía decir también a Alicia en sus escuetas e improductivas conversaciones sobre los sentimientos.

Él se había escapado de la vida de Alicia justo al empezar el verano del año anterior. Era la segunda relación seria de Alicia, una que jamás pensó que llegase a fructificar. Había durado tres años desde que empezaron a salir tras conocerse en la secretaría del colegio en que ambos trabajaban. Él era encargado de mantenimiento y ella era profesora de inglés. Tal vez por eso él siempre la llamaba ‘Alice’ cuando estaban juntos. Él tuvo que insistir mucho, como en las películas de Hollywood, para que Alicia le diese una oportunidad en el amor —En su primera relación había sufrido mucho y había echado cerrojos y perdido las llaves de su corazón para que nadie pudiera volver a dañarlo de nuevo. Aun así, fueron tiempos felices. Él y su Alice avanzaron rápidamente por la senda del enamoramiento. Ella pensó que por fin había encontrado a alguien que merecía la pena. Sin embargo, no era consciente de que su corazón seguía herido. El amor deja cicatrices en el corazón que nunca desaparecen y, si se las toca, vuelven a sangrar, solía repetir su madre, que parecía un manual de frases hechas. Aunque nunca respondía, Alicia solía creer en la sabiduría de las frases de su madre, aunque no las aplicara. A fin de cuentas, sus cerrojos y cadenas eran un lastre para su felicidad, pero era mejor eso que arriesgarse al dolor de nuevo… pero lo hizo.  

A lo largo de dos años, la pareja feliz, como cariñosamente la conocían los compañeros del colegio, habían ido dando pasos hacia el futuro. Hablaban de hijos, ¡por lo menos tres!, de aquella casa junto a la playa que siempre había sido el sueño de Alicia, del pastor alemán que él siempre había deseado desde que era niño, y miles de planes más como los que haría cualquier pareja de enamorados. La economía de aquel momento no les permitía la casa de sus sueños y la de Remedios era tan grande que los tres podían vivir en ella casi sin encontrarse. Él se mudó y empezaron a plantearse la llegada de su primer hijo, para el que incluso tenían nombre. Durante un año lo estuvieron buscando.

La felicidad, los sueños y los planes iban en aumento y la pareja estaba cada vez más unida. Sin embargo, algo no estaba bien; podían sentirlo. Conforme pasaban los meses y el predictor no dibujaba las dos rayas, un leve desasosiego ocupaba sus corazones. Sin darse cuenta, la ilusión de su vida, poco a poco, se convertía en una pesada losa que hacía mella en sus corazones. Probaron todas las opciones a su alcance e incluso invirtieron todos sus ahorros en visitar a aquel reconocido médico en Barcelona. La ciudad de las olimpiadas les trajo a la más cruda de las realidades: Alicia nunca sería madre con él por una incompatibilidad biológica, una que sólo se da una vez entre cada millón de parejas. Ellos eran esa pareja, la única entre un millón.

Desde su columpio, Alicia recordaba como sus vidas se detuvieron en aquella misma consulta. Sus planes murieron de pronto y, con ellos, el deseo. Ellos no lo notaron, llegó sin avisar, pero el resentimiento se estaba apoderando de sus corazones. Los siguientes meses fueron duros; el día a día era monótono, sin penas, pero sin alegrías. Ella se había refugiado en sus oposiciones; aquellas que por fin podrían sacarla de la interinidad y eso, pensaba, volvería a hacerla feliz. Él, había encontrado otro trabajo, por las tardes, en el ayuntamiento, para obtener unos ingresos extra. La realidad es que aquel trabajo y aquellas oposiciones eran su forma de lidiar con el dolor. Él apenas pisaba la casa y Alicia empezó a encontrar defectos que nunca había visto. Sin saberlo, le culpaba de su infelicidad. Quería ser madre, quería serlo a toda costa y él, sólo él entre un millón, era el culpable y sentía que tenía que huir, ya no podía amarlo. Sus vidas tomaron rumbos distintos y ella, absorta en el infinito de su columpio, pasado el tiempo, volvía a ser feliz. Al menos, el corazón ya no dolía.  

De pronto, unas manos familiares se posaron sobre los hombros de Alicia y se detuvo el balanceo del columpio. Eran esas manos, grandes, cálidas y de dedos finos. Como con el chasquido de dedos que despierta al hipnotizado, se detuvieron sus pensamientos y sus recuerdos de tiempos pasados la devolvieron al presente. Giró su cabeza y se levantó. Era él. Sus miradas volvieron, por un momento, a aquel instante efímero en que se cruzaron en el colegio por primera vez. Él no dijo nada, Alicia tampoco. Enseguida comprendió que él nunca había abandonado el columpio junto al suyo, que nunca se había ido de su corazón. Remedios observaba la escena desde la ventana con aquellos viejos marcos blancos de madera de la cocina. Una lágrima de felicidad cayó por sus mejillas mientras decía, para sí misma, recordando a Abel, una de sus frases:

El amor, todo lo puede.