Mi playa

Todos tenemos ese lugar especial de nuestra juventud, ese que visitamos de vez en cuando y que forma parte de nosotros.

Cada vez que aparcaba junto a la playa era como inyectarme un ansiolítico en vena. Poco importaban los treinta y tantos grados que marcaba, a esas horas de la tarde, el termómetro del coche. Tampoco era una cifra fiable, pues el pobre llevaba ya unos cuántos años de castigo por las calles de mi pueblo y, últimamente, amenazaba demasiado con querer visitar el taller. En algún momento tendría que plantearme cambiarlo, pero había vivido demasiado con él y la economía no estaba para muchas alegrías.

Como de costumbre, me había embadurnado de crema solar antes de salir de casa. A lo largo de todo el verano apenas cambiaba de ropa cuando bajaba a la playa. Así era fácilmente reconocible por mi familia y amigos cuando alcanzaba la arena. Como en una liturgia, posaba mis chanclas en el borde de la carretera, ponía mi mano en la frente a modo de visera y oteaba la orilla en busca de los míos. Una vez localizados, abría el maletero, cargaba los bártulos y me dirigía hacia ellos. Paso a paso la arena se hundía bajo mis pies y a ratos caminaba como si estuviese aprendiendo a hacerlo. Nunca me había fijado, pero hoy me había dado cuenta del sonido de la arena al caminar, tan característico, como un seseo; ssssst, ssssst, ssssst.

Una vez en la orilla y tras los saludos y bromas de rigor, clavé la sombrilla y coloqué estratégicamente mi silla para protegerme de los rayos del sol. No menos importante fue colocar la merienda a buen recaudo detrás de la silla. Dejé mi ropa en la bolsa y me coloqué cómodamente en la pequeña hamaca. Me gustaba hacer un hoyo con los pies para no posarlos sobre la arena caliente. La apartaba y aparecía la arena fresca y húmeda. Era perfecto, mmmmmm, cerré los ojos y me dejé llevar. El olor a crema solar…, el sonido de las olas al romper en la orilla…, los gritos de los niños que jugaban felices entre la arena y el agua… eso era vida, era la playa de mi vida.

Mi playa era eso, mi playa. No era la más bonita del mundo; nada que ver con las playas de los catálogos de las agencias de viajes. La arena no era fina ni blanca, sino más bien todo lo contrario. Los primeros días del verano los pies se resentían al caminar por ella, pero aquello era un mal menor, porque era la playa de mi vida. Había unos cuántos espigones artificiales de roca negra que niños y mayores usaban para saltar a modo de trampolín, a pesar de estar prohibido, o tratar de pescar algún pez despistado con sus cañas. Mar adentro, las motos de agua rompían la calma de vez en cuando y molestaban a los veleros que navegaban plácidamente dejándose llevar por la brisa marina. En ocasiones, la patrullera de la Guardia Civil navegaba en busca de quién sabe qué. No menos curioso era el paramotor que algunos días volaba sobre nuestras cabezas mientras los niños saludaban con entusiasmo al piloto al mando.

Notaba como, poco a poco, el sudor formaba minúsculas gotas sobre mi piel. No era desagradable, todo lo contrario, era una sensación de calma y placer absoluta. De pronto, el ruido cesó. No escuchaba ninguna voz, algo que no era, para nada, normal. Me quedé muy extrañado y abrí los ojos para comprobar como todo a mi alrededor había cambiado. No quedaba nadie en la playa salvo un grupo de jóvenes a lo lejos. Los espigones no estaban y el paseo marítimo había desaparecido. A pesar de lo inquietante de la situación, no estaba nervioso y todo me resultaba extrañamente familiar. Me levanté de mi silla, me pellizqué por si estaba soñando y comencé a caminar hacia el grupo de jóvenes, tratando de entender qué estaba pasando.

Cuando los alcancé, una lágrima de emoción brotó de mis ojos: ¡Éramos mis amigos y yo, pero años atrás, en nuestra adolescencia! Les saludé y miraron extrañados hacia mí, pero no respondieron. No podían verme, era como un fantasma. Me quedé observando con ternura y nostalgia aquella escena. Llevábamos unos bañadores que hoy en día estaban totalmente fuera de moda, pero recuerdo perfectamente cómo los elegíamos con ilusión en la tienda cuando empezaba el verano. Bueno, todos menos Tino, que siempre heredaba la ropa, incluidos bañadores, de su hermano, cinco años mayor que él. ¡Quién le ha visto y quién le ve, el patito feo que hoy en día estaba hecho todo un Don Juan!. En el grupo estaba también Rocío, la típica que nunca se quitaba la camiseta ni se metía en el agua. Hacía muchos años que no había vuelto a saber de ella, desde que se marchó a estudiar a Barcelona para no volver. ¡No podía creerlo, había viajado veinte años en el tiempo para vernos en un día de verano cualquiera!. Era ese primer año en que nos habíamos hecho “mayores”. El año en el que algunos empezaban a fumar (entre ellos, yo) y surgían los primeros “rollos de verano”.

Allí sentada, al fondo, escuchando su “compact disc”, estaba María, la chica de la que estuve enamorado aquel verano y nunca me correspondió. Entre otras cosas porque no me atreví a declarar mi amor platónico por ella. Estaba preciosa y me hubiese encantado decirle que los años iban a tratarla bien y que no se preocupase, que iba a encontrar al amor de su vida y tendría unos hijos preciosos.

Damián y Onofre estaban jugando a las palas. Los guaperas del grupo, pero buenos tíos, se ponían en la orilla tratando de llamar la atención de las chicas que pasaban por allí. A ellos el tiempo no les trataría tan bien como a María. Sus lustrosas cabelleras dejarían de serlo y sus abdominales se iban a ocultar bajo una generosa capa de grasa. Damián trabajaría en la empresa de mármoles de sus padres y Onofre, que por aquel entonces se dedicaba a trapichear con su moto por los pueblos de la zona, se había reconvertido a albañil.

En el círculo de toallas casi siempre había una partida de cartas en marcha. Yo era uno de los que no solían jugar, sobre todo si el juego en cuestión era el de “beso, atrevimiento o verdad”. Aunque he de reconocer que me hubiese encantado vencer mi timidez y participar, lo cierto es que la idea de tener que besarme con alguna chica me daba pánico y, a la vez, era mi mayor deseo. Recuerdo como siempre estábamos alerta por si aparecía alguna de nuestras madres para dejar aquellos juegos indecorosos, enterrar los cigarros o cambiar de tema de conversación. Por lo general, que la madre de alguno de nosotros se acercase al grupo era algo que al “afortunado” no le hacía ninguna gracia. Era la típica época de “¡qué pesada! ¿qué querrá ahora?, ¡los padres son lo peor, no nos dejan en paz!”. Menos mal que el tiempo y la bajada de las hormonas nos hacen ver las cosas de otra manera. ¡Ay! (suspiro), ahora que somos adultos, daríamos todo lo que tenemos por volver a aquellos momentos con los nuestros.

Las conversaciones que teníamos eran de lo más variopinto, aunque casi siempre centradas en dos o tres temas que tenían que ver con chicos, chicas y lo que íbamos a hacer ese día. Las chicas estaban discutiendo sobre qué se iban a poner aquella noche para bajar a la calle y los chicos estábamos hablando de la moto que Onofre se acababa de comprar y con la que llevaba orgulloso a las chicas que se dejaban por el pueblo. ¡Era un tío con suerte, 14 años y ya tenía medio de transporte propio! El paso del tiempo nos juega, a veces, malas y pasadas y hoy se conformaba con conducir un SEAT León de tercera mano y ninguna chica inmadura le acompañaba al lado.

Estuve allí escuchando y mirando, con los ojos vidriosos, durante un buen rato. Daba vueltas alrededor, me sentaba junto a ellos, me miraba con ganas de darme una buena serie de consejos y me reía recordando aquellos tiempos maravillosos. A las ocho de la tarde empezaron a recoger. Ya tenían trazado su plan para la noche y había que irse a cenar para arreglarse. Estábamos negros como el tizón; normal, teniendo en cuenta que nos pasábamos el verano entre la piscina y la playa.

Poco a poco se fueron marchando, dejando atrás algunas colillas y algún envoltorio de «Drácula», un helado que me parece que hoy ya no se vende. Me quedé solo, de pie, viendo cómo nos alejábamos y cómo aparecía mi madre que venía a buscarme. ¡Que ya voy, mamá, pesada! Fue lo último que me escuché decir mientras vi como miraba de reojo a María. Mi otro yo dobló la esquina y, al dejar de verlo, empecé a tirar de recuerdos tratando de seguir aquel día hasta el final en mi memoria.

De pronto noté un frío intenso en las piernas que me devolvió a la realidad. Mi hijo me había disparado con una pistola de agua y se reía de su hazaña junto a sus amigos. De un salto me incorporé y salí corriendo tras de él, para pillarlo unos metros más lejos, abrazarme a él y tirarnos juntos al agua. Su risa era lo mejor del mundo y verlo disfrutar en la playa, la que era la playa de mi vida, era mi mayor regalo. Algún día él podrá vivir todas aquellas cosas y dirá que soy un pesado a sus amigos. Yo lo sé y disfrutaré cada segundo de su juventud en la que algún día será, también, la playa de su vida.