Vivir sin miedo

¿Qué hay al final? Probablemente, nada. Por eso, vivir sin miedo es, seguramente, la opción más recomendable.

No sabía cómo ni en qué momento había llegado allí. Estaba descalzo y, a mis pies, el vértigo de un acantilado desplegaba ante mí un mar azul intenso, extrañamente intenso, y encrespado por el viento. Junto a mí había unas sandalias desbaratadas con las que sería imposible caminar. Giré la vista; todo era una alfombra verde de hierba agitada por el viento. Estaba mojada pues podía sentirlo bajo mis pies, tan fríos que apenas podía moverlos. Estaba a un paso, literal, de la muerte. Pero, aunque curiosamente no tenía miedo, mi pánico a las alturas evitaba que me asomase al precipicio.  

¡¿Dónde estaba?!¡¿Cómo había llegado allí?! Sin darme cuenta esas preguntas ocupaban toda mi mente de forma insistente, obsesiva. No había rastro de vida humana, ni en el mar, ni en tierra. No al menos hasta donde alcanzaba mi vista, que se alzaba cerca de mis 1,94 metros. Me fijé y tampoco existían mis propias huellas en la hierba a mi alrededor. Era imposible que hubiese caminado hasta allí. No había, o no acertaba a ver, caminos cercanos. Parecía una broma de mal gusto. Seguía sin sentir miedo, pero la duda me atenazaba y no me dejaba pensar de forma clara.

Enseguida lo comprendí; seguir haciéndome preguntas no me iba a llevar a ninguna parte. Por mucho que no pudiese evitar hacérmelas, debía ignorarlas y empezar a moverme en busca de respuestas pero… ¿hacia dónde? ¿Por dónde empezar? Estaba claro que no podía dar un paso al frente y las respuestas, si las había, debían de encontrarse tierra adentro. Debía decidir: caminar perfilando el acantilado o huir del mismo y adentrarme en el otro mar, el del verde de la hierba.

Durante un buen rato permanecí inmóvil, tratando de decidir. No sé cuánto tiempo pasé en este estado, pues tampoco llevaba reloj. Pronto me percaté de que tampoco había rastro de vida animal, ni siquiera las gaviotas que siempre definen, con su presencia, un acantilado marino. Cuando salí de mi estado cuasi catatónico, recogí las sandalias instintivamente, di mi primer paso a la izquierda y empecé a caminar bordeando el precipicio.

Tras lo que debieron ser un buen puñado de horas caminando, había cosas que me descolocaban aún más. El sol no parecía haberse movido en el cielo. ¿Cómo era posible si me parecía llevar media vida avanzando paso a paso? Por otro lado, los pies no me dolían, como si hubiese ido pertrechado con el mejor calzado de senderismo disponible. Sí, cierto que el césped era blando, pero después de miles de pasos eso debería hacer mella. Lo sé bien porque en mi infancia solíamos jugar descalzos con los amigos en los verdes prados de la montaña y siempre terminábamos con ampollas en los pies.

Los recuerdos de la infancia me hicieron detenerme a recordar aquellos tiempos tan felices, tan sencillos, sin preocupaciones. Saqué los pensamientos de mi cabeza y seguí caminando, sin hacer caso a mis pies y a ese sol que no parecía avanzar en su camino diario por el cielo. Conforme avanzaba el tiempo, empezaba a inquietarme, todo parecía demasiado monótono. De hecho, diría que cada cala, cada playa que aparecía a lo lejos y a los pies del acantilado, se repetían sin cesar. Eran extrañamente parecidas, pero no me había dado cuenta hasta este momento.

Pasado un tiempo vi, a lo lejos, un objeto en el suelo. Aceleré el paso, la ansiedad se apoderaba de mí, ¡por fin había encontrado algo! Conforme me acercaba, aquella ubicación me era extrañamente familiar. A los pocos metros de llegar me detuve. No era posible; un par de viejas sandalias totalmente inservibles estaban ahí, abandonadas, como en mi punto de partida. Juraría que se trataba del mismo lugar, pero no podía ser, puesto que en mi mano izquierda llevaba aquellas sandalias que había encontrado y el acantilado no había dibujado un círculo y no podía estar en una isla, única explicación lógica para semejante hallazgo. Saber que no estaba en una isla me tranquilizó, pero sólo temporalmente. Un cierto desasosiego, un leve agobio, empezaba a invadir mi cuerpo. Primero en forma de pensamientos que luego se convertían en sensaciones incómodas como falta de aire y pulso acelerado. Durante un tiempo permanecí allí, mirando aquellas sandalias y sintiendo cómo mi corazón me decía que, definitivamente, algo no estaba bien.

Decidí seguir caminando, ahora con paso más firme y visiblemente afectado por mi incipiente ansiedad. De nuevo, a lo lejos, otro paisaje “repetido” y otras sandalias. Pero esta vez estaba seguro de que las sandalias no eran iguales que las que había visto antes. Estas eran más pequeñas, posiblemente de mujer y no estaban en tan mal estado. Ahora sí volví a mirar y no encontré huellas sobre la hierba. ¿Qué era esto? Y eché a correr, ya no podía seguir caminando tratando de conservar mis fuerzas. Necesitaba respuestas y la desesperanza empezaba a brotar en mí. La ansiedad era ya bastante evidente y un fuerte nudo en la boca del estómago se añadía a los incómodos síntomas que ya venía arrastrando desde dos sandalias atrás.

La historia se repitió, dos, tres, cuatro veces. Cada par de sandalias, sin pasos sobre la hierba, diferentes entre sí… tenía que significar algo. Las fuerzas empezaban a flaquear y la desesperanza me arrastraba más y más. El sol seguía sin moverse de su cómoda posición en el cielo. Parecía que se burlase de mí desde allí arriba. Por un momento me sorprendí hablando con él. ¿Estaba perdiendo el juicio? Ya no podía más, mi mente quería avanzar pero mi cuerpo no podía. Tenía que hacerlo, ¡tenía que haber respuestas! Y seguí arrastrándome por la hierba, junto al acantilado.

Finalmente, cuando alcancé el quinto par de sandalias, ya no pude más. Ya no quería respuestas, sólo quería terminar aquel mal sueño. Vencí mi miedo y me asomé al precipicio. La respuesta estaba allí abajo, siempre lo había estado, pero no quería o no pude verlo. Mi miedo a las alturas me había impedido encontrar antes la respuesta.

Me alejé de aquel punto, siguiendo el acantilado y encontré un sitio como otro cualquiera. Dejé mis sandalias lentamente en el suelo, me acerqué al borde del precipicio y, mirando al sol, di un paso al frente. Todo terminaría rápido y ya no habría miedo.   

El columpio

El amor no siempre sigue una línea recta. Nuestra protagonista bien lo sabe.

Alicia llevaba un buen rato mirando al infinito. Sentada en el columpio, en el jardín trasero de su casa, al borde del acantilado, se dejaba llevar al pasado por la brisa del mar que rozaba su piel. Era un día especialmente soleado de final de la primavera pero el calor aún no había hecho acto de presencia en su pueblo. Aquel día olía intensamente a mar, más que de costumbre. Llevaba su vestido favorito; aquel de lino blanco que quedaba justo por encima de las rodillas y sin mangas. Había dejado sus sandalias de esparto a su derecha, junto al columpio, y se mecía suavemente con sus pies desnudos sobre la hierba. Ésta estaba recién cortada y le regalaba unas agradables cosquillas en cada movimiento. Sus manos agarraban tímidamente las cuerdas del columpio a la altura de los hombros. A sus 36 años la naturaleza le había regalado una piel suave y clara que en verano tornaba color caramelo haciendo un juego perfecto con unos bonitos y rasgados ojos negros que siempre habían sido la envidia de todas las chicas del pueblo. Él posiblemente recordase como aquella mirada había atravesado su corazón la primera vez que se cruzó con ella en la escuela en la que ambos trabajaban. El pelo de Alicia, que siempre se recogía cuando salía al columpio, formaba una hermosa melena negra con toques castaños en forma de mechas. Cualquier persona con un sentido normal de la estética habría calificado a Alicia de belleza del sur, una morenaza de 1,75 que guardaba lo mejor (y lo peor, como todos) en su interior.

Mientras se mecía en su columpio, su mente se llenaba de recuerdos que ella dejaba pasar como las pequeñas y algodonosas nubes que viajaban sobre su cabeza. Prefería no pensar y quedarse absorta viendo a las gaviotas volar. Siempre le había fascinado cómo aquellas aves podían pasar tanto tiempo flotando en el aire sin batir sus alas. Entretenerse en ese pensamiento alejaba sus demonios a lo más profundo de su corazón. Era su forma de ser feliz, o al menos eso se decía a sí misma, nadie podía saberlo. Su columpio junto al acantilado era su refugio y también el de su corazón. Ya casi había pasado un año desde que él no la acompañaba en el columpio contiguo pero ella parecía ignorar aquel asiento vacío clavando su mirada en el horizonte del mar. El dolor era demasiado evidente para ella misma, pero ignorándolo sin enfrentarlo había conseguido su paz interior. Nunca hablaba del tema con nadie. Bueno, en realidad nunca hablaba de sus sentimientos, de esos más profundos que todos tenemos y muchas veces no sabemos compartir porque ni siquiera nosotros mismos los comprendemos. Los humanos somos seres muy complejos, solía decirle Remedios, su madre, tratando de comprender qué pasaba por aquella cabeza que ella sola había traído a este mundo. Era su única hija y su motivo para vivir desde el día en que su marido, Abel, había muerto repentinamente cuando Alicia estaba a punto de nacer. En esas 36 primaveras, no había vuelto a conocer el amor, no porque no quisiera, sino porque se había cerrado a él. No quería volver a sufrir, no quería volver a perder. El miedo es poderoso, como ella misma solía decir también a Alicia en sus escuetas e improductivas conversaciones sobre los sentimientos.

Él se había escapado de la vida de Alicia justo al empezar el verano del año anterior. Era la segunda relación seria de Alicia, una que jamás pensó que llegase a fructificar. Había durado tres años desde que empezaron a salir tras conocerse en la secretaría del colegio en que ambos trabajaban. Él era encargado de mantenimiento y ella era profesora de inglés. Tal vez por eso él siempre la llamaba ‘Alice’ cuando estaban juntos. Él tuvo que insistir mucho, como en las películas de Hollywood, para que Alicia le diese una oportunidad en el amor —En su primera relación había sufrido mucho y había echado cerrojos y perdido las llaves de su corazón para que nadie pudiera volver a dañarlo de nuevo. Aun así, fueron tiempos felices. Él y su Alice avanzaron rápidamente por la senda del enamoramiento. Ella pensó que por fin había encontrado a alguien que merecía la pena. Sin embargo, no era consciente de que su corazón seguía herido. El amor deja cicatrices en el corazón que nunca desaparecen y, si se las toca, vuelven a sangrar, solía repetir su madre, que parecía un manual de frases hechas. Aunque nunca respondía, Alicia solía creer en la sabiduría de las frases de su madre, aunque no las aplicara. A fin de cuentas, sus cerrojos y cadenas eran un lastre para su felicidad, pero era mejor eso que arriesgarse al dolor de nuevo… pero lo hizo.  

A lo largo de dos años, la pareja feliz, como cariñosamente la conocían los compañeros del colegio, habían ido dando pasos hacia el futuro. Hablaban de hijos, ¡por lo menos tres!, de aquella casa junto a la playa que siempre había sido el sueño de Alicia, del pastor alemán que él siempre había deseado desde que era niño, y miles de planes más como los que haría cualquier pareja de enamorados. La economía de aquel momento no les permitía la casa de sus sueños y la de Remedios era tan grande que los tres podían vivir en ella casi sin encontrarse. Él se mudó y empezaron a plantearse la llegada de su primer hijo, para el que incluso tenían nombre. Durante un año lo estuvieron buscando.

La felicidad, los sueños y los planes iban en aumento y la pareja estaba cada vez más unida. Sin embargo, algo no estaba bien; podían sentirlo. Conforme pasaban los meses y el predictor no dibujaba las dos rayas, un leve desasosiego ocupaba sus corazones. Sin darse cuenta, la ilusión de su vida, poco a poco, se convertía en una pesada losa que hacía mella en sus corazones. Probaron todas las opciones a su alcance e incluso invirtieron todos sus ahorros en visitar a aquel reconocido médico en Barcelona. La ciudad de las olimpiadas les trajo a la más cruda de las realidades: Alicia nunca sería madre con él por una incompatibilidad biológica, una que sólo se da una vez entre cada millón de parejas. Ellos eran esa pareja, la única entre un millón.

Desde su columpio, Alicia recordaba como sus vidas se detuvieron en aquella misma consulta. Sus planes murieron de pronto y, con ellos, el deseo. Ellos no lo notaron, llegó sin avisar, pero el resentimiento se estaba apoderando de sus corazones. Los siguientes meses fueron duros; el día a día era monótono, sin penas, pero sin alegrías. Ella se había refugiado en sus oposiciones; aquellas que por fin podrían sacarla de la interinidad y eso, pensaba, volvería a hacerla feliz. Él, había encontrado otro trabajo, por las tardes, en el ayuntamiento, para obtener unos ingresos extra. La realidad es que aquel trabajo y aquellas oposiciones eran su forma de lidiar con el dolor. Él apenas pisaba la casa y Alicia empezó a encontrar defectos que nunca había visto. Sin saberlo, le culpaba de su infelicidad. Quería ser madre, quería serlo a toda costa y él, sólo él entre un millón, era el culpable y sentía que tenía que huir, ya no podía amarlo. Sus vidas tomaron rumbos distintos y ella, absorta en el infinito de su columpio, pasado el tiempo, volvía a ser feliz. Al menos, el corazón ya no dolía.  

De pronto, unas manos familiares se posaron sobre los hombros de Alicia y se detuvo el balanceo del columpio. Eran esas manos, grandes, cálidas y de dedos finos. Como con el chasquido de dedos que despierta al hipnotizado, se detuvieron sus pensamientos y sus recuerdos de tiempos pasados la devolvieron al presente. Giró su cabeza y se levantó. Era él. Sus miradas volvieron, por un momento, a aquel instante efímero en que se cruzaron en el colegio por primera vez. Él no dijo nada, Alicia tampoco. Enseguida comprendió que él nunca había abandonado el columpio junto al suyo, que nunca se había ido de su corazón. Remedios observaba la escena desde la ventana con aquellos viejos marcos blancos de madera de la cocina. Una lágrima de felicidad cayó por sus mejillas mientras decía, para sí misma, recordando a Abel, una de sus frases:

El amor, todo lo puede.